Simplemente,ella.

Era el ser más complejo que pudiera existir. No era de decisiones firmes. Tampoco de ataduras. Era un ser libre. Era ella y su libertad. Ella y su compleja forma de ser. Ella y su manía de encariñarse de las personas. Era buena, buena a rabiar. Se desvivía por ayudar a los demás. Era sincera, aunque doliese. Era de las pocas personas que aguantaban mil balas. Era muy dura, tanto, que cada día se volvía más piedra. 

Recuerdo como la conocí. Con su sonrisa y su risa. Con esa amplia sonrisa que la caracteriza y sus mil y una bromas. Si no la conoces, dirías que siempre está feliz. Que no tiene problemas y, que si los tiene los afronta a carcajadas. Sencillamente era ella. Imperfectamente perfecta. Era fácil de querer, y eso asusta. Estando con ella, pensarás que nunca das la talla. Que no eres lo suficientemente bueno. Que no la llegas ni a la suela de sus tacones. Y, poco a poco, te vas sintiendo más pequeño. Hasta que un día, sin saber por que desapareces. Porque te das cuenta de que su único defecto eres tú mismo y, a veces las despedidas no implican un “adiós”, también un “hasta luego”. Y, eso solo lo entiendes cuando la conoces.

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