Ella.

Era de sonrisas en días grises, de labios rojos en momentos oscuros y de tacones altos en momentos de bajón. Simplemente era ella. Ella y sus abrazos a la hora de la siesta. Ella y sus “te quiero” de madrugada. Ella y su risa nada más despertar. Era lo más bonito que tenía en el mundo, y lo perdí. Lo perdí por gilipollas. Por no saber cuidarla y mantenerla a mi lado. Por descuidarla por noches de juerga y escotes. Por mis innumerables desplantes. Por mis días de pasotísmo. Por no comprender lo que es tener alguien como ella en tu vida. Por desperdiciar sus planes locos a las cinco de la tarde y sus besos de madrugada. Por no valorarla. Y ahora me arrepiento. Por eso, amigo, no dejes escapar a alguien como ella. Alguien con quien tan solo escucharla, ríes. Alguien a quien extrañes cuando cuando falte. Alguien que, si te llena y te aguanta, no deberías soltar. No seas como yo. Que este tipo de mujeres solo se tienen una vez en la vida y sí, las pierdes, no vuelven. No vuelven porque son pájaro. Emprenden vuelo, en busca de unos horizontes con más comida, mejores vistas y mejor compañía.

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