Veintitrés primaveras

 Hace excasos días fue mi cumpleaños. Veintitrés. Parece que fue ayer cuando cumplía los ansiados dieciocho. Pero eso ya pasó hace, ni más ni menos, que cinco años. 

Si echas la vista atrás te das cuenta de todo lo que ha pasado (y todo lo que has aprendido) en ese corto periodo de tiempo. Y si, soy de esas personas que tiende a reflexionar después de cada cumpleaños. Me gusta porque puedes analizar todo lo que pensabas que pasaría, y no ha pasado y/o viceversa. Es brutal.

Al cambio de edad, también se le suma un cambio de mentalidad. Aunque parece que no, con cada año nosotros cambiamos también. Cada año evolucionamos. Ya sea por cosas que nos han pasado, por “perlitas” que ciertas personas nos hayan prestado o porque por fin, espabilamos y dejamos de darnos contra la pared. 

Si, la pared que tiene todo el mundo. Unos más quebrada, otros menos. Mi teoría sobre “la pared” se basa en que cuando cierras etapas o libros o como lo quieras llamar, aprendes algo. Y ese algo, se puede describir o resumir en una frase, un verso…  Yo, en cada cumpleaños marco un antes y un después. El 28 de abril a las 23.59, apague la luz de mi pared, para irme a otra. Pero, aunque te vayas a otra, siempre podrás pasear por tu colección personal de paredes. La mía, aún sin luz, puedes leer nítidamente: no olvides que todo suma, que todo cuenta.

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